Qué difícil es aprender:
Plan Colombia y Democracia en el Perú
Carlos Reyna Izaguirre
 
Una política exitosa contra el narcotráfico en el Perú
solo puede existir bajo dos condiciones. Primero, un gobierno transparentemente
democrático, con sus instituciones ejecutivas, legislativas, judiciales,
policiales y militares garantizando efectivamente la vigencia del equilibrio
de poderes, la aplicación de la ley para que no haya impunidad
y la responsabilidad ante sus ciudadanos. Y segundo, una política
económica que señale como sus metas prioritarias a la reducción
del desempleo y el mejoramiento de la economía campesina.
Toda política antidrogas que abandone o menosprecie la decisiva
importancia de los aspectos institucionales democráticos o los
aspectos económicos y sociales resultará siempre contraproducente
y será funcional al tráfico de drogas. Toda política
antidrogas que asuma una óptica donde prevalezcan las acciones
puramente policiales o militares también tendrá ese efecto
perverso. Al fin y al cabo, el narcotráfico tiene como su principal
aliado e instrumento a la corrupción y los estudios muestran que
la corrupción está directamente asociada a deformaciones
institucionales como la concentración de poder, la falta de transparencia
y la impunidad. El caso del Perú en la última década
es una sólida evidencia.
Montesinos engañó a mucha gente respecto a la realidad
del narcotráfico en el Perú. Entre los engañados
estuvieron las propias agencias oficiales norteamericanas encargadas de
la política de los EEUU hacia Latinoamérica. Quienes quisieron
creer que el narcotráfico se había reducido significativamente
en el Perú de Fujimori utilizaron como indicador favorito la cantidad
de hectáreas cultivadas con hoja de coca y los arrestos a bandas
de narcotraficantes. Pero desde mediados de los 90 había evidencias
de un aumento en la producción de cocaína en suelo peruano.
Por otro lado, desde 1999 hay un aumento lento pero sostenido en el precio
de la hoja de coca en los valles del Huallaga de Apurímac. Y ahora
se sabe que Montesinos alentaba la narco-corrupción de militares
y policías mientras él acaparaba los beneficios en el negocio
de las armas.
Pero no se puede decir que las agencias oficiales encargadas de la política
latinoamericana de los EEUU ignoraban cuan peligroso podía ser
Montesinos para la democracia o para una política antidrogas que
tuviera a la democracia como su referente obligado.
La prensa peruana divulgó información consistente sobre
los vínculos de Montesinos con narcotraficantes y con militares
violadores de derechos humanos en una fecha tan temprana como 1990. La
propia prensa norteamericana informó sobre ese tipo de vínculos
desde 1992 por lo menos. El 16 de abril de ese año The Miami
Herald publicó un reportaje de Sam Dillon que además
señalaba las relaciones de Montesinos con la CIA. En 1996 Montesinos
fue acusado abiertamente por un conocido narcotraficante y en ese mismo
año y en 1998 el zar antidrogas, general Barry McCaffrey, expresó
su intenso desagrado por la difusión de fotos y videos en donde
dicho personaje aparecía con él en reuniones oficiales.
Ya fines del 2000, ya caídos Fujimori y Montesinos, la sra. Madeleine
Albright admitió que el asesor había trabajado para la CIA
"hasta cierto momento", sin precisar hasta cuándo.
Así que no fue el desconocimiento lo que explica el engaño.
Fue mas bien un tipo de cálculo político, una determinada
actitud hacia el Perú por parte de las agencias norteamericanas
lo que las hizo vulnerables frente al mafioso. En términos generales
ese cálculo político prefirió valorar las nociones
de libre mercado, orden y disciplina financiera que supuestamente encarnaba
el régimen de Fujimori y relativizar los asuntos democráticos
y de moralidad pública. Solo cuando, en la primera mitad del 2000,
el régimen de Fujimori se volvió grotescamente dictatorial
y cuando, a mediados del 2000, se hizo visible la incursión de
Montesinos en el tráfico de armas internacional es que se precipita
la ruptura total de parte de todas las agencias estadounidenses.
¿Cuál fue el mecanismo principal por el cual Montesinos
construyó su imperio de corrupción?. Fue la militarización
del Estado y de la política peruana. Utilizó los fantasmas
de Sendero, la delincuencia y el narcotráfico para concentrar atribuciones
en las fuerzas armadas y en los servicios de inteligencia y para liberarlas
del control de los ciudadanos. Desde allí tejió una red
que penetró las entidades encargadas de aplicar la ley y todas
las que manejaban recursos o información. Un sistema, precisamente,
marcado por la concentración de poder, la ausencia total de transparencia
y por la impunidad.
¿Cuál es el principal riesgo del llamado Plan Colombia
para el Perú?. Pues que sea el punto de partida para que vuelva
a resurgir un proceso de militarización de los asuntos de orden
público que debieran ser resueltos por autoridades y oficinas civiles.
En este caso, el narcotráfico. Este nuevo brote de militarización
del orden público puede, a su vez, interferir y complicar el proceso
democratizador que hay ahora en el Perú.
¿Por qué puede ocurrir esto? Porque un eventual cumplimiento,
en términos de interdicción, del Plan Colombia en Colombia
desplazaría el cultivo de la coca y el tráfico de droga
otra vez hacia territorio peruano. Según especialistas, la ceja
de selva peruana sería la mejor alternativa, y no Bolivia ni Ecuador:
tanto por la calidad de la coca peruana como por las características
geográficas, sociales e institucionales.
Las zonas potencialmente o ya efectivamente cocaleras son extensas y
de difícil control por la policía. El desempleo y la recesión
se han acentuado en los últimos tres años, y muchos desempleados
o campesinos pobres pueden aumentar las filas de los campesinos. Todavía
hay algunos focos senderistas activos en las zonas cocaleras. Todo eso
puede favorecer un salto en la actividad de los narcos y ser, simultáneamente,
un argumento para que los militares se encarguen de las acciones de represión.
El problema es que la fuerza armada peruana todavía no ha fortalecido
suficiente la moral de sus oficiales y tropa como para garantizar que
no se reproducirán los procesos de corrupción por el contacto
con los narcos.
Los militares peruanos recién han iniciado un proceso de rectificación
institucional y está comenzando un interesante debate acerca de
su rol en una democracia. La idea de que no deben asumir funciones mas
allá de las estrictamente referidas a la defensa nacional ha ganado
legitimidad últimamente y eso favorece a la democratización
del país.
Lamentablemente, en el espíritu del Plan Colombia y de las iniciativas
oficiales norteamericanas respecto al narcotráfico está
la presión para un mayor involucramiento de las fuerzas armadas
en esas acciones contra el narcotráfico. Así, nuevamente,
como a inicios de los 90 la ansiedad por mostrar logros en el corto plazo
así como el énfasis que se pone en los aspectos represivos,
puede significar para el Perú una agudización del narcotráfico
y un relanzamiento de los roles extra institucionales de las fuerzas armadas.
Eso interfiere con el proceso de construcción de la democracia
y, a la larga, será contraproducente con los mismos esfuerzos antidrogas.
Qué difícil es aprender.
(Carlos Reyna <creyna@desco.org.pe>
trabaja como investigador con el Area de Investigación DESCO en
Lima, Peru.)
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modified on Friday, July 20, 2001 11:29 AM
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